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36 en línea | Año XV | 11/12/2017 | Ediciones Anteriores | Seguinos: facebook twitter youtube Versión móvil

Desigualdad

Inseguridad: el discurso estigmatizante

Los discursos que construyen un control social a medida de los intereses y necesidades de los sectores más privilegiados, mientras expone a la vulnerabilidad a quienes, a posteriori, ese mismo orden reprimirá sin miramientos.
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Por Por Sergio Wischñevsky (*) | 17/01/2014 00:00

De las múltiples formas en que puede pensarse la desigualdad en Argentina, el tema de la llamada “inseguridad” resulta medular. Las encuestas de opinión lo ubican como preocupación prioritaria del público, sin embargo, la forma de abordar el fenómeno conlleva una concepción clasista, jerarquizante y estigmatizadora. Desmenuzar la ideología que se esconde detrás de este paradigma es necesario para abordar la problemática del delito desde una perspectiva democrática.


Según Pedro Cerruti en su investigación de tesis doctoral , el término “inseguridad” en su actual acepción, comenzó a utilizarse a partir de los saqueos a supermercados y comercios entre el 23 y el 30 de mayo de 1989. Se produjeron 329 saqueos con un saldo de 19 muertos, 174 heridos y 1852 detenidos. La primera reacción mediática los denominó “Caos” pero gradualmente las descripciones los asemejaron al léxico de una guerra civil. El diario Clarín del 1/6/89 habló de ultraizquierda y subversivos, “la amenaza viene de las villas miseria”, se habló de “invasión”. Se generó la fuerte idea de una sociedad dividida entre desposeídos depredadores, por un lado, y propietarios y trabajadores, por el otro.  Los medios en general mostraron el miedo en los barrios y comenzó a utilizarse la palabra “inseguridad”, que según Cerruti encierra en su sola mención tres factores: 1) la posibilidad de ser robado, 2) La existencia de un otro amenazante y 3) un Estado que no actúa.


Se habló de zonas fronterizas, de la llegada de los salvajes como si se viniera El Malón, los vecinos se armaron, hicieron guardia. Desde el diario La Nación se requirió al entonces ministro Juan Carlos Pugliese que saque los tanques a las calles, que acabe con la inseguridad.

Solo 6 meses después, el 1 de enero de 1990 estalló el caso Mostafá. En la localidad de tres Arroyos en la Provincia de Buenos Aires, una niña fue violada y asesinada. Una pueblada se desató contra la policía y la gente tomó el edificio municipal. La jornada dejó un saldo de 16 autos incendiados, 20 heridos y 16 policías retirados. El tema fue tapa de los diarios nacionales durante 3 días seguidos y casi inmediatamente una oleada de levantamientos similares se sucedieron en: Médanos, San Vicente, Monte Chingolo, Las Flores, Santa Clara, Villa Gesell, Pinamar y Pilar. Se habló de una ola de delitos y violencia. El miedo se manifestó exacerbado. Lo paradójico fue, que de la furia contra el accionar policial paulatinamente el discurso que se instaló fue el clamor por más policía, más represión, más mano dura. El 9 de junio de 1990 el gobierno provincial anunció un nuevo plan de seguridad en donde se emparentó el crimen con la marginalidad.


Después del anuncio y a 6 meses del caso Mostafá, Horacio Aníbal Santos, que los medios de comunicación insistieron en mencionar como el Ingeniero Santos, persiguió en su auto a dos sujetos que le habían robado su “estéreo”, les dio alcance y con dos certeros disparos, los mató. Inmediatamente empezó a ser construido como un héroe, una víctima de la inseguridad. Se resaltó su perfil profesional, su calidad de hombre trabajador y honrado, con una familia bien constituida y no se dejó de mencionar que se trataba de un hombre que ya había sido robado innumerable cantidad de veces. La justicia por mano propia estaba absolutamente justificada frente a los dos ladrones, marginales, provenientes de Avellaneda uno y el otro del barrio de La Boca. El pico máximo de victimización del victimario ocurrió dos días después del hecho. En el programa de Bernardo Neustadt con la presencia del entonces presidente Menem, el periodista mirando a la cámara dijo: “Yo hubiese hecho lo mismo”. Así Santos pasa a convertirse en el representante de una sociedad “desprotegida”. Una encuesta detalló que el 57% de los consultados apoyó al Ingeniero, un 60% pide su absolución y un 43% declara que hubiese hecho lo mismo.

Pero ¿quiénes son las principales víctimas de la delincuencia? El equipo de investigación de La Corte Suprema de Justicia elaboró un Informe sobre Homicidios Dolosos . Se enfocó en la ciudad de La Plata, el tercer cordón del Conurbano bonaerense y la ciudad de Buenos Aires, lo que equivale a un universo habitado por 14 millones de personas. Para el año 2012 se detectaron 995 asesinatos es decir una tasa de criminalidad de 6,93 homicidios cada 100.000 personas. Promedio alto comparado con Europa y Canadá que se acercan a una tasa de 3. Pero bajo comparado con Brasil y México que llegan a 20. Y muy lejos de Centroamérica que promedia los 41 puntos, teniendo como máximo exponente a Honduras, que llega a la escalofriante cifra de 80 asesinatos cada 100.000 habitantes.


Los homicidios causados por robos llegan al 18% del total y los ocurridos en ocasión de peleas, venganzas, problemas familiares o entre conocidos, representan el 41%. La mayoría de los crímenes cometidos en asentamientos vulnerables no se investigan, ni se informan. Los menores de 16 años participantes en homicidios son el 2% del total. ¿Por qué entonces tanto hincapié en los menores?

El mayor número de víctimas de asesinatos ocurre en los barrios pobres, que paradójicamente son señalados como los perpetradores centrales de la “inseguridad”. La mayoría abrumadora de los delitos se cometen en el propio barrio, no hay grandes desplazamientos hacia barrios ricos. El 87% de las víctimas son hombres  y también el 80% de los victimarios. El 70% de las víctimas son argentinos y el 29%, extranjero. Si tenemos en cuenta que para la región estudiada la población extranjera es del 13,20%, queda muy claro que están siendo asesinados muy por encima de la media.


Las principales víctimas de asesinatos en Argentina no son las clases medias y altas, son las clases bajas, los más pobres. Matar, encerrar, vigilar con cámaras, estigmatiza pero no resuelve. Como dice Robert Reiner: “Los sectores más vulnerables de la sociedad están sobrevigilados y subprotegidos”.


El discurso de la inseguridad es un discurso de la desigualdad.

*Historiador, Docente UBA. Columnista en los programas “Gente de a pié” (Radio Nacional) y “Dejámelo pensar” (Radio del Plata).



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