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Otra democracia es posible

Los últimos diez años han sido testigos de ingentes esfuerzos por salvar a la democracia de una muerte lenta a manos del consenso neoliberal. Estas nuevas experiencias democráticas se enmarcan en un escenario donde el Estado ha recobrado un rol prioritario, que el neoconservadurismo le había quitado.
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Por Juan Pablo Lichtmajer (*) | 13/01/2014 07:31

Tradicionalmente se divide a la historia en cuatro edades, a saber, antigua, medieval, moderna y contemporánea. Si bien los historiadores y científicos sociales en general no han canonizado una quinta edad, nadie duda de que la edad contemporánea (abierta con la revolución francesa) ha terminado, dejando paso a una nueva realidad histórica. Esto es lo que vagamente se llama globalización. La globalización en formato actual tuvo dos factores que marcaron su desarrollo, por un lado la revolución tecnológica y por otro la ideología neoliberal. La primera sigue en pie y a paso firme, la segunda por el contrario ha colapsado.


La idea de una globalización preponderantemente financiera, de democracias minimalistas, homogeneización cultural y hegemonía occidental se fue desplomando a lo largo de los últimos veinte años. Las sucesivas crisis financieras en mercados emergentes se contagiaron luego a los países considerados centrales poniendo en cuestión a la arquitectura del capitalismo financiero global. Las democracias minimalistas han abierto sus compuertas (de manera forzada en muchos casos) a la participación popular y a una regulación cada vez mayor del mercado por parte del estado. La homogeneización cultural fue una fugaz ilusión que devino en profundos conflictos culturales y en niveles cada vez mayores de reconocimiento de los derechos de las minorías, así, el sueño de un mundo Benetton terminó. La hegemonía occidental se encuentra en jaque frente a una relación de fuerzas multipolar, la capacidad de innovación y crecimiento de los BRICS se ha combinado con la incapacidad de los países centrales para enfrentar estos desafíos. Esta tendencia se ha materializado en la potencia del G20 y especialmente de los BRICS en la toma de decisiones a nivel global.


En síntesis, la globalización neoliberal, anclada ideológicamente en el consenso Washington ha cedido su lugar dominante frente a procesos alternativos anclados en un consenso muy diferente, el de que otra globalización es posible.

Rol del Estado y fortalecimiento democrático
En una serie de países Latinoamericanos (Venezuela, Brasil, Ecuador, Bolivia, Uruguay, Argentina) el retroceso neoliberal ha coincidido con la aparición de gobiernos democráticos cuyo norte es la reconstrucción de vínculo entre democracia y buen gobierno, seriamente deteriorado durante la hegemonía neoliberal. 

Los últimos diez años han sido testigos de ingentes esfuerzos  por salvar a la democracia de una muerte lenta a manos del consenso neoliberal. Estas nuevas experiencias democráticas se enmarcan en un escenario donde el Estado ha recobrado un rol prioritario, que el neoconservadurismo le había quitado. Es por ello que los actuales gobiernos democráticos verdaderamente orientados al desarrollo inclusivo tienen como factor determinante un rediseño del estado en su rol de constructor de lo público.  La discusión sobre el rol del estado en relación a la democracia esta inevitablemente ligada a la pregunta por la igualdad, y su contracara, la desigualdad abrumadora que legaron tres décadas de globalización neoliberal.


La democracia en Latinoamérica ha logrado hilvanar tres décadas de continuidad institucional, y este trayecto inédito ha creado democracias populares e inclusivas, distintas e innovadoras respecto de lo que ocurre en la mayor parte del mundo. En sus albores, allá por 1808-1810, las tendencias populares e inclusivas de las nacientes republicas americanas sucumbieron ante las guerras de independencia y las reacciones conservadoras. Hoy doscientos años después, nuestras democracias recuperan su impronta popular e inclusiva y esto las coloca a la vanguardia del escenario global, un lugar que supieron ocupar, fugazmente, luego de las revoluciones de independencia (por caso, la asamblea de 1813 en Argentina).


El otro fenómeno novedoso en nuestras democracias surge de la relación entre las fuerzas progresistas y el Estado que, por primera vez, es visto y recuperado como un aliado para proyectos ideológicos de corte nacional y popular. Ese Estado prioritariamente asociado con el conservadorismo, la expoliación económica de las mayorías, el abuso de poder, la protección de los intereses y derechos de los menos, ha cambiado producto de su recuperación como el lugar de los más; ha dejado de ser el protector de unos pocos y hoy ocupa el lugar que mejor le sienta, ser la parte y el todo. De este modo, se ha producido un fenómeno político sin precedentes en diversos países latinoamericanos: la democracia ha abierto las puertas para gobiernos populares (por ende la vía electoral ha desplazado a la revolucionaria) y el Estado se ha vuelto un aliado y no un obstáculo.  Claro que hubo anteriormente Estado de bienestar en América Latina, pero el rol del Estado en la actualidad es substancialmente distinto, porque el mundo ha cambiado.  El Estado de bienestar está siendo permanentemente repensado para operar en un mundo regido por las redes. Estamos ante la consolidación de modelos de estado reticulares que abonan en la idea de la asociatividad.  

Recapitulando, hay una nueva configuración de lo global producto de la crisis del modelo neoliberal. En Latinoamérica se destaca la reformulación del vínculo entre democracia y buen gobierno, al menos en dos sentidos. El primero tiene que ver el papel del Estado en relación al desarrollo. El segundo, directamente relacionado, se relaciona con la desigualdad.  Pasemos brevemente a este segundo tema.

Incluir y ampliar derechos
La crisis orgánica que dejo el modelo neoliberal fue, en líneas generales, similar a la de muchas otras regiones, lo que fue verdaderamente diferente e innovador fueron los postulados ideológicos y las herramientas políticas heterodoxas puestas en funcionamiento para superar la crisis. Como mencioné anteriormente, hay un dato insoslayable en este sentido, la desigualdad. Las democracias latinoamericanas cuentan con una inédita experiencia de 30 años de continuidad institucional. Sin embargo, esa continuidad estuvo acompañada durante 20 años, por indicadores cada vez mayores en cuanto a desigualdad. Este modelo entra en crisis hacia 2001. A partir de entonces, la necesidad de atacar la desigualdad se ha vuelto el eje prioritario. En un reciente análisis publicado en el N° 5 de la revista Debates y Combates, Eduardo Rinesi traza un cuadro en el que muestra cómo las democracias actuales (en particular la argentina) han sido testigos de un desplazamiento de la centralidad del reclamo por libertad (muy asociado a la salida de las experiencias dictatoriales) a una demanda cada vez mayor por ampliación de derechos, es decir, hacia una profundización de la lógica de la igualdad. Este impulso tiene sin dudas una dimensión socio-económica (en referencia a la distribución más equitativa de la riqueza) pero acorde a los tiempos que corren, también se manifiesta con fuerza en materia  de género, de oportunidades y de respeto por las diferencias culturales. En otras palabras, el crecimiento con inclusión refiere tanto a la distribución equitativa de la riqueza como a la ampliación de derechos. Es por ello que la idea de inclusión nos permite abarcar más adecuadamente que la de igualdad, la columna vertebral de los gobiernos democráticos a que hacemos referencia. Lo que en muchos de estos países ha dado en llamarse revolución cultural, es una metáfora para referirse a este paso de la igualdad en sentido tradicional a la inclusión como concepto más abarcador y que apunta más allá de la distribución de la riqueza, la incorporación a la vida democrática plena de más sujetos de derecho, y más derechos. Como era de esperar, estos procesos de ampliación de derechos no son inmunes a tensiones y hasta contradicciones. La democratización de la democracia genera nuevos desafíos.  

La globalización neoliberal ha caducado total o parcialmente. Uno de los desafíos que ese colapso ha dejado consiste en la reconstrucción del vínculo entre democracia y buen gobierno. En Latinoamérica esa reconstrucción ha tenido dos aspectos característicos, por un lado la recuperación del Estado como constructor de lo público y por otro lado, la  primacía de la inclusión como desafío central de los gobiernos democráticos. Esta combinación nos da como resultado gobiernos democráticos de profunda base popular, fuertemente legitimados en las urnas y la gestión, mejor abroquelados en tanto bloque regional y dispuestos a democratizar nuestras democracias. En el escenario global, estas experiencias democráticas ocupan, a mi entender, un lugar de vanguardia. Estados Unidos se debate entre un discurso progresista acompañado de políticas conservadoras, Europa ha optado definitivamente por la vía conservadora, referentes como China o Rusia no fungen como modelos democráticos a imitar, la India no logra articular plenamente democracia e inclusión y finalmente, África no posee condiciones estructurales para ofrecer un modelo alternativo de desarrollo con inclusión. La heterodoxia para enfrentar la crisis neoliberal, la recuperación y reformulación del Estado, y finalmente la lucha contra la desigualdad en términos de inclusión se combinan para generar experiencias democráticas en Latinoamérica que ocupan un lugar de vanguardia en el escenario global, escenario en el cual, se constituyen en verdaderas potencias ideológicas en virtud de su heterodoxia, sus resultados y la construcción política de una alternativa a la globalización neoliberal. 

*Rector Universidad San Pablo T. Doctor en Gobierno, Universidad de Essex, bajo dirección de Ernesto Laclau.



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