La Plutocracia del uno por ciento - Tucumán Noticias - Agencia de Noticias - Diario de Tucumán - Argentina

39 en línea | Año XV | 20/10/2017 | Ediciones Anteriores | Seguinos: facebook twitter youtube Versión móvil

Revista Link!

La Plutocracia del uno por ciento

Un profundo debate tiene lugar hoy, dentro de la disciplina de la economía (en particular en los Estados Unidos), alrededor del fenómeno del crecimiento desmesurado de la desigualdad de repartos de ingresos y riquezas que se observa en los últimos treinta o cuarenta años en buena parte del mundo.
111764_52cf2decea651.jpg

Por Hugo Ferullo (*) | 09/01/2014 00:00

Un profundo debate tiene lugar hoy, dentro de la disciplina de la economía (en particular en los Estados Unidos), alrededor del fenómeno del crecimiento desmesurado de la desigualdad de repartos de ingresos y riquezas que se observa en los últimos treinta o cuarenta años en buena parte del mundo. Lo que queremos subrayar en esta nota es justamente lo que este debate está planteando con toda claridad: la imperiosa necesidad de poner en debate racional arreglos institucionales capaces de promover la participación de todos en el aprovechamiento de las oportunidades que brindan los intercambios globales a través de los mercados, debate que supera largamente los límites del funcionamiento del propio mercado y el supuesto “derrame” de sus frutos.

El “uno por ciento”
La abierta defensa de la concentración actual en la distribución del ingreso de Estados Unidos que Gregory Mankiw (prestigioso profesor de Macroeconomía en la Universidad norteamericana de Harvard) presenta sin pudor en un reciente artículo , permite analizar los argumentos que una parte muy influyente de la disciplina económica esgrime hoy a favor de la desigualdad de ingresos y riqueza observada, así

como las novedades nacidas al calor de esta discusión en términos de la posición de los economistas en su relación con el pensamiento ético y moral.


Para defender al “uno por ciento” más rico en la distribución actual del ingreso norteamericano (o de cualquier otro lugar), Mankiw apela a dos viejos argumentos del pensamiento económico tradicional: por un lado, el aporte que este sector hace para que este crecimiento se haga efectivo (la aparentemente enorme productividad marginal de la actividad productiva de esta élite extremadamente dotada para generar ingresos genuinos) y, por otro lado, la supuesta existencia de una situación donde se observa efectivamente un grado más que razonable de igualdad de oportunidades para todos los habitantes del país. En un mundo donde todos podemos ganar, los enormes ingresos del uno por ciento son decididamente merecidos, habida cuenta de su contribución al crecimiento económico general. Después de todo, si queremos ver a Brando en el rol de Don Corleone o si pretendemos que Messi forme parte de nuestro equipo, ¡tenemos que pagarles lo que aportan!


Muchos comentarios críticos recibió el artículo de Mankiw (adelantado en una nota publicada a finales de 2010 en el New York Times) por parte de economistas como Paul Krugman, Joseph Stiglitz, Alan Krueger, Facundo Alvaredo, Anthony Atkinson, Thomas Piketty y Emmanuel Sáez (¡entre muchos más!). Estos últimos autores , señalan las diferencias observables entre la concentración del ingreso en los Estados Unidos, y lo que ocurre en este mismo rubro, en países europeos y en Japón. En esta comparación, sólo las diferencias políticas e institucionales entre los diferentes países permiten dar cuenta de las diferencias en el tipo y el tamaño de la desigualdad observada. La crítica de Stiglitz muestra también que la extrema inequidad que se observa en la distribución actual del ingreso en los Estados Unidos no responde a ninguna ley económica (ni a ninguna ley de la naturaleza), sino a políticas muy concretas: aquéllas que condujeron a debilitar el poder de regatear los salarios por parte de los sindicatos, las que erodaron el salario mínimo, las que permitieron que los CEOs de las grandes corporaciones (en particular las financieras) se quedaran con una proporción desmesurada de las “ganancias” corporativas, las que protegieron con nuevas leyes de quiebra más a los tenedores y creadores de innovativos papeles financieros tóxicos que a los propios trabajadores de las empresas en bancarrota, las que producen egresados universitarios con fuertes deudas. A esta lista, Paul Krugman le agrega los derechos de propiedad intelectual que protegen a grandes corporaciones (como las patentes de los grandes laboratorios de medicamentos), a lo que se suma una crítica general al heroico supuesto que postula la validez práctica del principio de libertad de oportunidades, en una situación donde los niños del quintil superior parecen gozar de prerrogativas muchísimo más amplias que la aparente herencia de buenos genes en la que Mankiw pretende centrar el “merecimiento” de la clase superior.

La economía política
Todas las críticas señaladas más arriba son recogidas en textos económicos muy actuales, como la última obra de Daron Acemoglu  sobre la relación estrecha entre la economía y la política, definida esta última como el proceso histórico por medio del cual una sociedad elige las reglas e instituciones que la gobernarán. Durante este proceso, si aparece un conflicto en la decisión de elegir las instituciones clave, es la distribución del poder político lo que aparece como el factor fundamental que permite dirimir la contienda y decidir quién gana.


Según Acemoglu, como resultado histórico de este tipo de disputas pueden surgir tanto instituciones “extractivas” (lo que las convierte en un impedimento para el crecimiento económico integral y sostenible), como instituciones “inclusivas” (lo que les permite alentar la participación de la gran masa del pueblo en el proceso de “destrucción creativa” propio del crecimiento económico moderno). Las instituciones políticas extractivas se manifiestan a través de una gran concentración de poder político, y de éstas dependen las instituciones económicas extractivas por medio de las cuales grupos económicos poderosos terminan, en determinadas circunstancias,  organizando la sociedad entera en su propio y estrecho interés, obstaculizando gravemente el proceso de desarrollo económico integral y participativo.


Es este marco de “economía política” el único que resulta apropiado para analizar las cuestiones centrales de nuestras economías reales, donde el Estado está inexorablemente interconectado con las instituciones económicas, que dependen a su vez de las instituciones políticas que le permiten subsistir, en una relación sinérgica que introduce fuertes efectos que se retroalimentan. Este marco se opone, en buena medida, al enfoque económico tradicional que sirve de guía al artículo de Mankiw, centrado implícitamente en la idea central del equilibrio asociado a un óptimo donde todos los sujetos consiguen sus resultados como consecuencia de sus propias acciones y decisiones totalmente libres. Desde esta última perspectiva, donde lo que se resalta es la capacidad y la libertad de “agencia” de los sujetos económicos individuales, pueden siempre aparecer restricciones de diverso tipo a las acciones individuales, pero no existe nada “estructural” que se imponga por sobre la libertad de los individuos, considerada la causa primaria de los resultados sociales observables. Se trata de un enfoque totalmente diferente al elegido por el análisis de Acemoglu comentado en el punto anterior, donde se acentúan, justamente, las causas estructurales que explican una situación de economía política de “equilibrio” (que no tiene por qué ser una situación óptima).

Concentración de la riqueza y su justificación
Los rasgos esenciales del patrón institucional que define la economía política de una sociedad determinada tienen su raíz más profunda en el pasado, de manera que cuando una sociedad se organiza de una forma particular, esta forma se convierte en un dato histórico estructural que tiende a persistir en el tiempo. Esta persistencia y las fuerzas que las crean explican por qué resulta tan difícil que los ciudadanos comunes puedan detentar el poder político real necesario para alterar la manera “extractiva” en la que la sociedad puede eventualmente estar funcionando. Nivelar el campo de la vida económica de forma tal que todos tengan similares oportunidades para conseguir lo que libremente deciden que vale la pena, no es una tarea que pueda esperarse de la élite que generó las reglas de juego en su propio beneficio (beneficio que, lejos de coincidir con el bien de toda la población, se opone a esto como un enorme obstáculo). En consecuencia, con instituciones económicas mayormente extractivas, puede haber momentos de crecimiento económico global, pero el proceso no es para nada sostenible en el marco de arreglos que tienden, por naturaleza, a la concentración de la riqueza.


Contrariamente a la igualdad de oportunidades que Mankiw sugiere, la concentración actual del ingreso en países como los Estados Unidos ocurre en un marco institucional cada vez más inclinado a favorecer los intereses del poder económico que detentan los grandes actores del sector privado, intereses que parecen no coincidir para nada con el interés general dirigido al crecimiento económico equitativamente distribuido. Lo curioso es que la población norteamericana parece aceptar la desigualdad actual, teniendo en cuenta el poco entusiasmo que despierta en buena parte de las clases medias, el ejercicio redistributivo por parte del Estado . Esta aparente tolerancia frente a la concentración excesiva del ingreso, podría interpretarse como un reconocimiento de que el resultado observado de la distribución resulta al final de cuentas justo, apelando al argumento central de Mankiw que reza que quienes crean riqueza necesitan de fuertes y claros incentivos materiales para realizar el esfuerzo productivo del que la riqueza nace.  Esta no es, por supuesto, la única interpretación posible (la aceptación de la situación puede deberse a un sesgo en la percepción de la equidad, provocado en la gente por la propia existencia de una gran desigualdad); pero lo cierto es que los propios métodos democráticos parecen resultar incapaces de conservar el grado de  equidad distributiva logrado, de manera generalizada aunque dispar, por buena parte del mundo llamado desarrollado durante las tres décadas posteriores a la segunda guerra mundial.

Los argumentos de Mankiw
La postura de Mankiw resulta tan extrema, que desconoce incluso la validez ética de los argumentos relacionados con políticas dirigidas a la definición de los incentivos materiales, defendidos a rajatabla por el pensamiento económico tradicional (sobre todo en los últimos treinta años) como el motor único del crecimiento. Desde la perspectiva radicalmente meritocrática de Mankiw, cualquier ejercicio impositivo, por ejemplo, que busque gravar ingresos de los más ricos para alinear los incentivos materiales hacia un mayor nivel de empleo global (o hacia cualquier otro fin social) es un ejercicio decididamente confiscatorio, alejado de cualquier tipo de justificación moral (justificación que se asentaría simplemente, según este autor, en un examen honesto de "nuestras intuiciones morales innatas"). Ni siquiera la fuerza de un gobierno democrático, a través de las mayorías parlamentarias, podría tener primacía para ubicarse por encima del principio de la justicia por “puro merecimiento”. Para que no queden dudas de su apuesta deontológica extrema, Mankiw termina su artículo afirmando que, frente al debate redistributivo surgido al calor de los efectos aparentem ente nocivos de la última gran crisis, ningún argumento "positivo", ningún parámetro empírico, puede dirimir esta cuestión enteramente valorativa ("no amount of applied econometrics can bridge this philosophical divide"). No sorprende que una defensa tan abierta de los privilegios de los ricos sirva de justificación para la furia plutocrática que se disparó en contra de cualquier intento de política pública redistributiva .

Estado, sociedad civil  y poder económico
Cada vez quedan menos dudas entre los economistas acerca de la presencia invasiva del poder monopólico y de las enormes rentas que reflejan la posición dominante de grandes corporaciones en nuestros mercados globales . En un contexto como éste, la distinción entre el Estado, la sociedad civil (incluido en ella el sector económico que participa de la producción en mercados competitivos) y el sector económico concentrado en las grandes corporaciones (monopolios, multinacionales, etc.) aparece como una de las clave para introducirnos en el tema de la economía política referido al poder necesario para imponer las instituciones que sirven como regla de juego de la vida económica (incluidas las reglas distributivas). Y el punto de partida para analizar esta cuestión no puede ser otro que el reconocimiento explícito de que el Estado y el “poder económico” se distinguen hoy como sectores diferentes del dominio propio de la sociedad civil. Las relaciones dinámicas de los tres sectores configuran la vida social de las sociedades democráticas modernas, y el equilibrio virtuoso entre estas relaciones parece depender, en gran medida, tanto de la decisión del Estado de enfrentar a los grupos económicos más poderosos cuando sus intereses no coinciden con el bien común, como de la fortaleza de la sociedad civil como sector intermedio que busca influenciar las actividades propias de las otras dos esferas, sin tener el poder de decisión final en ninguna de ellas.


Cuando la injerencia del poder económico en las decisiones políticas frena la capacidad de crecimiento armónico e inclusivo, resulta muy difícil imaginar cómo las instituciones de la sociedad civil pueden llevar adelante, por sí solas, el proceso de cambio institucional necesario para conseguir más desarrollo económico inclusivo. Es cierto que, usando básicamente los medios de comunicación masiva como instrumentos para ejercer una influencia efectiva sobre el poder estatal y el poder de los mercados concentrados, la sociedad civil está llamada a poner límites al uso abusivo del poder, exigiendo transparencia y mecanismos efectivos de control en las instituciones que el Estado diseña, influenciado por la presión ejercida por intereses económicos poderosos. Pero los conocidos problemas prácticos que plantea la lógica de la acción colectiva, juegan decididamente en contra de la capacidad de la sociedad civil para ofrecer resistencia efectiva a las instituciones que, muchas veces en su contra, favorecen al poder económico que las defiende en provecho propio. Es por eso que el uso efectivo del poder del Estado resulta hoy insustituible en la necesidad de enfrentar los intereses del poder económico, intereses que actúan como freno del desarrollo humano de vastos sectores de la sociedad.


*Doctor en Economía, Universidad Lumiere Lyon. Docente UNT e investigador del CONICET



© Tucumán Noticias. Según Art.28 de Ley 11.723 "Las noticias de interés general podrán ser utilizadas, transmitidas o retransmitidas; pero cuando se publiquen en su versión original será necesario expresar la fuente de ellas". En consecuencia, Tucumán Noticias no se hará responsable de la información publicada, cuando se cite la Fuente de la misma.

Comentarios

Esta nota aun no tiene comentarios

Publica el tuyo:













banner

20/10/2017 | BLOGS

Café Tucumano

| Blog de Santiago Cuello
santiago

Planetario

| Blog de Miguel Cuello
miguel

Cotizaciones


Dolar ${dolar_c} | ${dolar_v}
Euro ${euro_c} | ${euro_v}
Real ${real_c} | ${real_v}

mobile
Secciones:

Tucumán | Policiales | Actualidad | Deportes | Argentina
Economia | Mundo | Educacion | Politica | Sociedad


Noticias en las redes sociales

facebook Seguinos en Facebook - twitter Seguinos en Twitter - youtube Seguinos en Youtube
rss Nuesta web soporta - favoritos Agregar a Favoritos
tuc noticias
tucuman noticias
© Febrero de 2002
Todos los derechos reservados.
Director: Miguel A. Cuello (h)
tuc noticias
diseño web