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45 en línea | Año XV | 17/10/2017 | Ediciones Anteriores | Seguinos: facebook twitter youtube Versión móvil

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EEUU: corporaciones vs democracia

¿Es Estados Unidos una democracia de acuerdo a la construcción recreada por el imaginario universal? ¿Cuánta conciencia hay acerca del rumbo que ha tomado la democracia hoy en una de las naciones que más influencia y protagonismo tiene sobre el escenario internacional?
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Por Adriana Gil | 27/11/2013 20:02

Fue durante el desastre causado por el huracán Katrina. Miles de ciudadanos norteamericanos de a pié y de organizaciones civiles se organizaron espontáneamente para ofrecer una ayuda más efectiva que la diseñada por el gobierno federal. ¿Qué había sucedido? Frente al horror de la devastación, el pueblo se unía y se organizaba para ayudar. Hasta aquí este hecho no puede sorprender; ante una debacle, sobre todo tan extrema, la gente ayuda. Lo sabemos en Argentina cuando las recientes inundaciones en La Plata convocaron la ayuda ciudadana masiva para las víctimas. Sin embargo, algo tan obvio motivó la reflexión de uno de los teóricos de la democracia más lúcidos de la actualidad. Dice el norteamericano Sheldon Wolin: “Fue como si los Estados Unidos sólo pudieran expresar la democracia pasando por encima de un gobierno nacional que está preocupado por fantasías lejanas de ser el agente de la democracia en el mundo.” Lo que Wolin resalta no es el hecho humanitario en sí, sino cómo ese “hecho comunitario” producido por el pueblo se vuelve “hecho político”, fundamental para la revalorización de la democracia. ¿Por qué ese pueblo unido en ayuda de unos a otros, haciéndose cargo de su presente común, es una foto que se va volviendo extraña e inusitada en la escena norteamericana presente? Cómo ese hecho político es síntoma de las transformaciones radicales por las que ha ido pasando la democracia en los Estados Unidos.


¿Por qué es posible dudar de la calidad democrática de un país considerado adalid de esta forma de gobierno? El imaginario occidental da por hecho que es una de las democracias más consolidadas del mundo. Plantearse entonces si esta nación es una democracia puede parecer una perogrullada: el respeto a su Constitución, la devoción a los Padres Fundadores, la vigencia de elecciones ininterrumpidas constituyen, a no dudarlo, elementos ciertos de existencia democrática. Sin embargo, aún con momentos clave para los derechos civiles, como la etapa del New Deal, esta nación ha ido moldeando una nueva identidad política con rasgos llamativamente antidemocráticos, que la convierten hoy en lo que diversos estudiosos llaman “democracia dirigida” o “democracia restringida” implicando serios condicionantes de los valores democráticos. Nos interesa finalmente, analizar la democracia norteamericana a la luz de los procesos de activación democrática en América Latina y a la luz del estadio actual del capitalismo y las corporaciones en sus relaciones de poder con los países en desarrollo.

Las fuentes ideológicas
El principio ideológico que moldeó la democracia estadounidense y que implicó el disciplinamiento de su sociedad, fue el de las elites calificadas, base del republicanismo. Que este principio se iba a oponer a los ideales democráticos de participación popular, lo tenían en claro los “Padres Fundadores” cuando se pronunciaron por una clase aristocrática, meritoria y educada para el ejercicio del poder. Se reconocía al pueblo como base nacional pero se procedía a mantenerlo a conveniente distancia, a través del Colegio electoral y con un requisito casi inalcanzable de mayoría extraordinaria para reformar la Constitución. Si compartimos que la democracia se legitima no sólo por las elecciones sino por el debate, el consenso y la participación ciudadana en los controles del poder, es apreciable el progresivo amansamiento de un pueblo que elige pero cuyo poder se queda en la puerta del Colegio electoral. No controla ni siquiera que su elector vaya a votar por el candidato elegido. La democracia queda reducida a un trámite eleccionario, con el agravante de una decreciente participación ciudadana. Samuel Huntington, uno de los más enérgicos teóricos de la singular democracia estadounidense lo dejaba bien claro: “La operación eficiente de un sistema político democrático requiere cierto grado de apatía y falta de compromiso por parte de algunos individuos y grupos.” Así, sin más. Esta apatía deviene sumisión, lo cual es altamente funcional a las elites, esos grupos reputados y sostenidos por una estructura cultural, académica y económica, arraigadas en su convicción de tener el derecho privilegiado al poder. Robert Dahl, Seymur Lipset y Gabriel Almond, por mencionar algunos prolíficos teóricos, cumplieron la función ideológica de legitimar una democracia liberal, pragmática, apegada al libre mercado y, por sobre todo, elitista. ¿Se opone el elitismo a la democracia? Para estos líderes de  “tanques pensantes”, bajo ningún concepto, al contrario: “las instituciones democráticas funcionan mejor cuando sólo un estrato de la sociedad participa activamente en ellas.” Esta justificación ideológica de las elites implica un doble y evidente peligro: hegemonizar la conducción del Estado, y establecerse como base permanente de reclutamiento político por encima del hecho eleccionario. 

Lo ciudadano y lo público
Frente a este mito democrático para exportación consumido a escala mundial, voces de la filosofía política como Jürgen Habermas, comenzaron a advertir acerca de los riesgos a que está expuesta la democracia, como ocurre con la larga noche que está atravesando Europa. En su defensa de una democracia participativa, el filósofo alemán propone resignificar el espacio público: “Los ciudadanos se agrupan como público, como tramas asociativas, generando interpretaciones públicas para sus intereses sociales y para sus experiencias, ejerciendo así influencia sobre la formación institucionalizada de la opinión y la voluntad políticas.”  Si ocupar el espacio público implica asumir ciudadanía vemos cómo la despolitización del pueblo norteamericano ha tenido la intencionalidad de paralizar su voluntad de promover cambios sociales. Siguiendo el razonamiento de Habermas, Sheldon Wolin se pregunta: “¿Cómo se está redefiniendo el rol del ciudadano (norteamericano)? Casi desde el comienzo de la Guerra Fría, la ciudadanía –supuestamente fuente del poder y la autoridad del gobierno así como participante- ha sido reemplazada por el “electorado”, es decir, por votantes que adquieren vida política en tiempos de elecciones. En los intervalos entre una elección y otra, la existencia política de la ciudadanía queda relegada a una ciudadanía fantasma de participación virtual.”   

Estado y corporaciones
Después de establecer al libre mercado como base de la democracia y, a medida que se consolidaba un poder alejado de las voluntades mayoritarias, la relación democracia-capitalismo fue estrechándose. Los intereses del Estado se acercaron a los intereses del capital concentrado, representado en gran parte por las elites, y multiplicado por el avance de la técnica y el desarrollo científico ligado a un monumental gasto de defensa. La lógica del capitalismo favoreció por un lado, la concentración del capital a niveles impensados y por otro, contribuyó a la confusión de las esferas de lo público y lo privado. Hanna Arendt afirmó que en la modernidad lo público y lo privado empiezan a sumirse en la esfera de lo social. Lo social surge de “la transformación del interés privado por la propiedad privada en un interés público y la conversión de lo público en una función de los procesos de creación de riqueza, siendo ésta  el único interés común que queda.”


Este interés común, según Arendt, no crea espacios de comunidad compartida  sino que sólo sirve a la acumulación de capitales. La defensa de la propiedad privada se convirtió en materia pública. Se allanaba así el camino para ejercer menores controles sobre las empresas que se transformaban en corporaciones sobredimensionadas dispuestas a sostener candidatos que protegieran sus intereses y acrecentaran las ganancias. Esta gradual fusión entre Estado y capitalismo habilitó a las corporaciones a tener control sobre la política. Porque es complicado obviar el ida y vuelta que se produce en un sistema eleccionario que admite desde hace décadas donaciones en las campañas políticas (no olvidemos que para acceder a una banca en la cámara baja se necesita un millón de dólares) y que constriñen al candidato a devolver el favor. En un blanqueo tan inaudito como sincero, la Corte Suprema de los Estados Unidos dictó un fallo en 2010 que legitima la donación de las corporaciones para las campañas electorales, asegurando que no condiciona al votante ni al beneficiario, y que se encuadra dentro de lo establecido por la primera enmienda que regula la libertad de expresión (ubicados aquí los aportes de las empresas para la política). En su libro Democracia S.A, Sheldon Wolin arriesga una tesis que, aunque puede parecer exagerada, se encuentra profusamente documentada: la democracia norteamericana está mostrando una fuerte tendencia a convertirse en lo que él llama un “totalitarismo invertido” en referencia al poder totalizador que va asumiendo un Estado asociado a las corporaciones, con la dilución de su rol de garante del bienestar general. En un análisis erudito y pormenorizado, su tesis busca llamar la atención de sus compatriotas sobre indicios alarmantes de la erosión de la democracia, que se ha convertido en una democracia “dirigida”. Mientras el totalitarismo clásico descansaba en un líder, el “totalitarismo invertido” afirma Wolin, descansa en el propio sistema que representa “fundamentalmente la madurez política del poder corporativo y la desmovilización política de la ciudadanía.”

Breve comparación con América Latina
Comenzamos hablando del pueblo como hecho político cuando se sale del libreto dominante. En América Latina vienen pasando otras cosas; ha estado entrando aire fresco para la revitalización de la democracia, y eso llama la atención del mundo académico, pero también pone en alerta al poder global.  Acá lo que sigue en fuerte disputa es la política. La política como garante de los valores de participación popular que sostienen la democracia. Porque la democracia se desmorona cuando se lo quiere dejar afuera al pueblo, y eso ya lo hemos aprendido a fuerza de palos y demasiada muerte. Acá todavía está levantada una bandera que se llama emancipación y la sostienen pueblos conscientes de que para defenderla hay que ser cada vez más eso, pueblo. Y eso surge cuando hay voluntad de actuar políticamente, de ser bisagra de las transformaciones sociales, y reconocerse en el otro para sostener la confianza. Acá todavía creemos no sólo que se puede, sino que se debe cambiar al mundo.  Lo que admira a los teóricos y enoja al capital mundializado es justamente la politización ciudadana en Sudamérica, su movilización a favor o en contra, su entusiasmo y compromiso que en otras sociedades se van extinguiendo. Porque lo que hay que tener en claro es que no vamos a terminar con la injusticia y la desigualdad entregando la soberanía política a las corporaciones que son justamente el origen de las desigualdades. En Estados Unidos, el capitalismo, tardío o anárquico, ha ganado una batalla trascendental que es la de hacerse con el poder político. Esa es la pretensión del poder corporativo, que impone una tensión constante a la democracia en Sudamérica y manipula a través de sus voceros locales, afirmando que la única salida para el desarrollo es seguir cediendo nuestros recursos soberanos y por ende políticos, y estar agradecidos de que se nos permita firmar acuerdos de libre enriquecimiento del poder económico. Los sudamericanos estamos en la saludable etapa de seguir sosteniendo los valores democráticos verdaderos, y consolidarnos, más allá de las imperfecciones, para no ser nunca más, una democracia claudicante.


Referencias
Almond, Gabriel- “A developmental approach to political system”, World Politics, 1965
Arendt, Hanna, “La condición humana”- Paidós, Barcelona, 1993
Dahl, Robert- “La democracia y sus críticos”. Paidós, Barcelona, 1992,
Habermas, Jürgen- “Facticidad y validez”- Madrid, Trotta, 1998
Huntington, Samuel – “La tercera ola”. Paidós, Buenos Aires, 1994.
Huntington, Samuel- “¿Quiénes somos? Los desafíos a la identidad nacional estadounidense”.  Paidós, México, 2004.
Platón- “La republica”- Bureau Editor,  Argentina, 2000.
Wolin, Sheldon- “Democracia S.A”. –Katz Editores, Madrid- 2008.



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